SENTAR PRIORIDADES

   Por casualidad llegó a mi vista un artículo sobre lo que se conoce como “Movimiento Slow”. Para mi sorpresa ya que nunca había escuchado sobre éste ingenioso término, resulta que existe desde los años ochenta e inició como protesta a un restaurante de comida rápida en algún remoto pueblo de Italia. No es cierto que no lo conociera, ya que nací en los 60s y existíamos dichosamente, en “modo slow” con naturalidad. Hoy, como denuncia al convulso mundo de las ultimas décadas,   se ha convertido en un movimiento que para nosotros, los mayorcitos, nos resulta hasta cómico que requiera de una tendencia, pero la verdad es que no tanto, ya que ha sido inevitable caer en la misma dinámica, de lo contrario nos encontraríamos fuera del “juego” o nos volveríamos invisibles.

   Pues bien, merece no solo atención, pero recapacitar sobre esta indiscutible realidad actual, razón por la cual me siento “slowly” frente al teclado mientras pienso y escribo. Una de mis pasiones, escribir y disfrutar de mis ratos de paz e introspección. Ese es el lujo que a estas alturas de la vida he decidido no solamente darme, pero apreciar y valorar. No porque esté retirada del mundo laboral, imposible, pero porque he reconocido que lo más valioso en la vida, no cuesta nada. Ni si quiera un esfuerzo.  Sin embargo, lograrlo requirió de grandes cambios y decisiones que fueron necesarios para dar el giro tan esperado en el momento propicio.

¿Cuándo perdimos la calma y ni cuenta nos dimos? Poco importa. Lo que sí importa es ser conscientes de ello y empezar por sentar prioridades.

Nos hemos convertido en un “no tengo tiempo”. El “fast food” entró a la casa sin pedir permiso. Mucho me sorprende qué tan pocas familias hoy, se sienten juntas a compartir la hora de la cena y hacer la sobremesa. Con los amigos y la familia “chateamos”,  lo cual no es una conversación pero una llamada puede que nos tome mucho tiempo, así cortamos cortésmente con un emoticón cuando ya se nos acaban los argumentos, o nos desconcentramos porque estamos en otras, la comunicación se ha vuelto tan puntual y a veces sin sentido, que tenemos poco que decir, o mucho, pero ¿Quién tiene tiempo para ello? Las tertulias son cosas del pasado, sentarse bajo las estrellas… ¡Perdón! ¿Cuáles?  Si ya no las vemos en las ciudades en que vivimos. Yo si extraño las estrellas y ver tres o seis, me causa nostalgia de esas que pesan.

Nos hemos acostumbrado a no tener tiempo y en esa irracional existencia vamos olvidando lo más importante, las emociones, los afectos, el compartir, el relajarnos, el demostrar cariño a quienes queremos y tratarles con gentileza y cortesía. El “ya” nos ha vuelto intolerantes e impacientes, egocentristas e indiferentes.

Ciertamente vivimos en un mundo que dejó de ser sencillo, es competitivo, demandante y veloz, a veces, hasta incierto. La tecnología, aunque una necesidad de innumerables ventajas (no estaría escribiendo un nuevo post en mi blog) así como nos ha facilitado y acercado al mundo, nos ha complicado y alejado del calor humano sumergiéndonos en una realidad virtual donde todo es ya. Vemos el Universo a través de una pantalla. Contestar un correo, atender un mensaje, obtener la información que tanto urge, etc.

No importa el día, la hora, o donde nos encontremos, pero ya no podemos vivir sin ella. Sigo sin acostumbrarme y no deja de sorprenderme, ver personas en una mesa donde puede pasar más de una hora y no se han dirigido la palabra, todos inmersos en el aparatito. Me pregunto qué será tan importante para irrespetar de tal manera a la persona que tienen enfrente. En fin, no voy a enumerar todo lo que ya sabemos, vemos y vivimos, pero es imposible ignorar.

Parte de éste ritmo es consecuencia de ser productivos para poder suplir nuestras necesidades y modo de vida en un mundo que tanto exige y no lo podemos evitar, esa es la realidad. Pero el “no tengo tiempo” se tiñe con un tinte de excusa, desorganización o falta de interés.

De nosotros depende cómo queramos vivir sin descuidar por supuesto nuestras obligaciones y responsabilidades, y sin olvidar que las necesidades emocionales son una verdad imperativa. Recibiremos en el tanto que demos. Nutrir nuestras relaciones con las personas que queremos, ser gentiles, considerados, no escatimar en un te quiero, un me haces falta, o un, te entiendo, son necesidades emocionales. Todos tendremos una hora de tiempo en algún momento para leer un libro, meditar, oír música, compartir con un amigo o familiar, escuchar a quien lo necesita, o dar una mano. Valoremos a las personas, no a las cosas y sobre todo, no olvidemos ser auténticos y sinceros en éste mundo de teatro y máscaras que lo único que siembra son vacíos, desconfianza y ausencia de cariños.

Y sin apartarme de la temática y el sentido de este blog, sentémonos, aunque sean quince minutos al día a escuchar al corazón, a hacer conciencia y simplemente, sentir. Entre mejor se encuentren nuestras emociones, más capaces seremos de dar y más recibiremos de los demás. No caigamos en el juego del “fast” aunque andemos en el “roller coaster”, aunque la vida nos demande, aunque las obligaciones nos agobien o las cosas no  estén saliendo como esperamos.

El estrés se ha convertido en una epidemia global de peligrosas consecuencias, lo vemos inconcebiblemente hasta en niños. Nunca la preocupación ha sido solución a ninguna situación. Entonces, dejemos de preocuparnos y empecemos a ocuparnos.   Cuando estamos en silencio y quietud es cuando más sabios nos volvemos. Desaceleremos cada vez que podamos y detengámonos por un momento a sentir, tomémonos el tiempo para compartir con aquellos a quienes queremos. Es de obligación convertirnos en cómplices de la vida y administradores del tiempo.  Reconocer nuestra humanidad y nuestras emociones, es un gesto puro que sustenta al amor propio.

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